El auge del teletrabajo y la irrupción del trabajo freelance en remoto está atomizando y aislando a algunos perfiles profesionales. Son indudables los beneficios de trabajar en casa. Pero también provocan una soledad peligrosa en el trabajador que repercute sobre su salud mental y su productividad. La solución en estos casos es frecuentar un coworking.
Lo escuché el otro día en un podcast que sintonizo de vez en cuando en Spotify. Se trata de una tertulia en la que un periodista invita a su plató a profesionales relacionados con el tema del capítulo en cuestión. Ese día creo que hablaban de superar el estancamiento profesional. En la tertulia hablaban de fijarse objetivos personales y ponerse metas a corto y medio plazo. En el debate, creo recordar, participaba un psicólogo y algún coach que atendía a sus clientes de manera telemática. Tengo que reconocer que no le presté demasiada atención. El podcast lo tenía como ruido de fondo para realizar otras tareas. Como acompañamiento. Como tiempo atrás utilizaba la radio. Pero un momento del programa me llamó en especial la atención. Fue cuando el presentador preguntó a sus invitados: “Y vosotros. ¿Qué metas personales os fijáis a corto plazo?”
Fue cuando el coach que trabaja en remoto dijo: “Yo, apuntarme a un coworking.” La cabeza me hizo clic. Conecté de inmediato con aquella afirmación. El asesor hacía tiempo que había cerrado su consulta presencial. Quizás nunca la tuvo y siempre atendió a sus clientes por videollamada. Yo, que trabajo como periodista freelance y que gran parte de mi trabajo lo realizo desde la mesa de despacho donde tengo instalado el ordenador, en una habitación de mi casa. Comprendí inmediatamente a lo que se refería.
El trabajo desde casa termina quemando. Te separa de ese ambiente laboral que se respira en cualquier oficina o centro de trabajo y que es complicado, por no decir imposible, reproducir en un domicilio. Al final, se echa de menos.
Sobre freelancers, nómadas digitales y otros nuevos personajes.
El auge de internet y episodios colectivos que hemos vivido recientemente, como el confinamiento del Covid-19, han creado y desarrollado nuevas modalidades de trabajo que hemos envuelto en un halo de romanticismo.
La primera de ellas es el teletrabajo. Trabajar desde casa. Una opción que se presentaba como la alternativa perfecta para conciliar la vida laboral y familiar. Una de las asignaturas pendientes del mundo del trabajo. En el 2020, en pleno confinamiento, experimentó un auge considerable. Muchos pensaban que iba a ser una de las tendencias principales en el futuro de las relaciones laborales. Sin embargo, terminado el confinamiento, con la nueva normalidad, los empresarios prescindieron de ella, porque apreciaron un descenso de la productividad. El periódico Dpl News recuerda cuando Elon Musk prohibió el teletrabajo en sus empresas, definiéndolo como una estupidez, y amenazando con despedir a aquellos trabajadores que no se reincorporaran de inmediato a sus centros de trabajo.
En los hechos, después de aquel movimiento obligado por las circunstancias, solo han quedado modelos mixtos, donde los trabajadores tienen la opción de teletrabajar dos o tres días a la semana, pero el resto del tiempo tienen que acudir a la oficina. Esta es una de las opciones más habituales. El teletrabajo puro ha quedado como algo residual.
Otro de los nuevos fenómenos es el de los nómadas digitales. Trabajadores, generalmente autónomos, que trabajan en remoto y que pueden viajar y trabajar a la vez. Solo necesitan una conexión a internet para realizar su actividad laboral. Pueden trabajar desde cualquier lugar del mundo. La expresión máxima de la libertad laboral. Una imagen idílica que no se corresponde con la realidad.
Los periodistas Ana Santamarina, Jorge Sequera y Francisco Fernández Trujillo hablan de ello en su libro «Nómadas digitales y precarización algorítmica», en el que explican la realidad de estos trabajadores. Trabajadores por lo general en precario, que trabajan con sueldos bajos en comparación con el trabajo tradicional de oficina, que han tenido que reinventarse y aceptar cualquier oportunidad telemática que han encontrado para integrarse en el mercado laboral; y que tienen que convivir con los problemas habituales de la vida en la ciudad: los altos alquileres, la dificultad de acceso a la vivienda, la carestía de la vida, etc.
Trabajar desde casa.
Para empezar un negocio, sobre todo si es digital o en remoto, es decir, lo puedes atender por internet o por teléfono, la primera opción que te sale es trabajar desde casa. Parece una solución que ni pintada. Te ahorras gastos, organizas tu horario, evitas coger el coche o el autobús para ir a la oficina. Puedes buscarte un hueco para llevar a los niños al colegio o para sacar a los perros. Te levantas de la cama y te pones a trabajar inmediatamente con un café en la mano. Puedes trabajar con el pijama puesto y atender a tus clientes cuando sea necesario, solo con ponerte una camisa encima. Todo parece maravilloso. Pero no lo es tanto.
Trabajar desde casa, y sobre todo si se trabaja solo, requiere un nivel de autodisciplina bastante grande. La casa está llena de distracciones. Una parada de un momento para tomar café, en la que enciendes la televisión para desconectar, se puede alargar perfectamente media hora o una hora sin que te des cuenta. Tu pareja, como es lógico, aprovecha que estás en casa para atribuirte los encargos cotidianos. Bajar al supermercado a comprar la leche que se acaba de terminar, recoger los paquetes que ha comprado por internet. Hacer las gestiones domésticas desde el ordenador. Pequeñas tareas que te distraen de tu trabajo.
Un problema que veo en el teletrabajo, que es la modalidad de trabajo que yo tengo, es que no se diferencian físicamente los ambientes personales y los laborales. Toda la actividad se realiza en el mismo sitio, en la casa, lo que hace que cueste mucho desconectar.
Otro problema que aparece es el aislamiento social. Aunque tengas que atender clientes, que por supuesto, si eres freelance, tendrás que buscarlos y atenderlos aunque sea por Zoom, se termina echando de menos el ambiente que se respiraba en la oficina. Eso de llegar el lunes y reencontrarte con tus compañeros. Ese entorno de grupo que se vive en cualquier centro de trabajo y que no vas a tener en casa.
Con todo esto, no es extraño, como recoge la revista digital i-Prop Up, que el 61% de los freelancers elijan trabajar en un coworking.
El coworking.
El coworking te proporciona ese entorno laboral que no puedes recrear en casa. Un entorno que, aunque parece subjetivo, aumenta la productividad. Ya que ocupas un espacio o una mesa en un lugar donde hay más gente como tú trabajando con su ordenador portátil. No es un cibercafé. Una opción que se puso muy de moda en Barcelona, la ciudad donde vivo. Y que no deja de ser como irse a trabajar a la cafetería de la esquina, solo que en un entorno más tranquilo. El coworking es un centro de trabajo, igual que una oficina. O mejor, si cabe. No tienes jefe, solo gente trabajando. Gente con la que en un momento dado puedes relacionarte con ellos a un nivel social, hablar sobre cosas de la vida, o a nivel profesional, lo cual es bastante interesante.
Los espacios coworking te permiten la libertad y versatilidad de trabajar en casa. No tienes un horario para fichar. Llegas al coworking cuando quieres y te vas cuando lo consideras oportuno. Puedes, y es lo que hacen la mayoría de los freelancers, trabajar en casa y al mismo tiempo en el coworking. Acudir al coworking te obliga a salir de casa, algo que resulta positivo para los trabajadores confinados.
Daniela Trejos, una emprendedora digital freelance que visita con cierta frecuencia Mitre, 125 Workspace, un coworking ubicado en plena zona empresarial de Barcelona, entre los barrios de Sarriá y Sant Gervasi, por encima de la Avenida Diagonal, nos cuenta que los coworkings son espacios estupendos donde trabajar. Un buen ambiente de trabajo y unas buenas instalaciones y servicios auxiliares de apoyo.
Sin duda, un espacio de trabajo perfecto para estos nuevos trabajadores y profesionales que han salido al calor de internet.
Las sinergias.
Un aspecto atractivo de los coworking son las sinergias, las colaboraciones entre los profesionales que acuden a un espacio de trabajo de este tipo, las cuales muchas veces aparecen de forma improvisada, sin buscarlas. Lógicamente, si un cliente tuyo te demanda un diseñador digital para un proyecto que te ha contratado, y tienes uno sentado en la mesa de al lado, no tienes que ir a buscarlo a ningún otro lado.
De esta manera se han tejido relaciones profesionales estables. Colaboraciones basadas en el beneficio mutuo que han pervivido en el tiempo. Un artículo publicado en el periódico El País nos habla de ello, y lo resalta como una de las dinámicas inherentes al coworking.
El modelo actual de coworking va más allá de ahorrar gastos y compartir espacio de trabajo; se fundamenta en crear una comunidad donde el altruismo y las sinergias impulsan el desarrollo de ideas y proyectos.
En estos espacios, la interacción diaria fortalece la confianza de los emprendedores, quienes se sienten respaldados por “compañeros que siempre están ahí, tanto para echar una mano como para aportar sus ideas” – dice Gustavo Franco, que dirige un coworking en el barrio de Poble Nou de Barcelona, quien además añade: “Una parte importante de la satisfacción en el trabajo viene dada por el tipo de relaciones que se construyen en el lugar donde se trabaja”. Algo que nace de una manera natural en los espacios de coworking.
Este apoyo mutuo se traduce rápidamente en oportunidades de negocio. Tras solo cuatro meses, “el 70% de los miembros ya empiezan a generar este tipo de sinergias”, señala Franco. Las colaboraciones van desde acuerdos logísticos para envíos masivos, que reducen costes y huella de carbono, hasta el intercambio formal de servicios. El caso de Juárez, un emprendedor que frecuenta el coworking de Franco, lo confirma: tras un año en el coworking, no solo mantiene sus proyectos individuales, sino que ha desarrollado iniciativas rentables junto a otros miembros. En definitiva, la comunidad se consolida como uno de los rasgos naturales de estos espacios compartidos de trabajo.
Instalaciones para impulsar un proyecto.
Los coworking ofrecen a sus clientes servicios adicionales que resultan útiles a la hora de poner en marcha un negocio o un proyecto empresarial. Nos referimos a salas de reuniones, oficinas que se contratan por horas para atender clientes, espacios para hacer presentaciones o actividades formativas, servicio de recepción, etc.
Toda una carta de servicios, en la que cada coworking tiene sus prestaciones extra, que van enfocadas a ayudar a los profesionales y emprendedores y que solo se pagan en el momento en el que se utilizan.
Un servicio que me parece realmente interesante es el de la oficina virtual, que pueden utilizar tanto los profesionales que acuden al coworking para trabajar como aquellos que trabajan desde casa. Consiste en recibir y enviar la correspondencia desde la dirección del coworking y consignar esta como sede comercial del negocio. Algo que mejora la reputación del profesional.
En fin, una infraestructura de la que carece cualquier emprendedor que comienza a trabajar desde casa. Así me lo cuenta Pedro Menchón, un técnico informático de Badalona, un amigo personal, que comenzó prestando servicios online trabajando desde su domicilio.
Me cuenta que a sus clientes los atendía por videoconferencia o por teléfono, pero cuando uno de ellos le pedía una visita presencial, tenía que ir a verlo a su oficina o quedar en una cafetería del centro de la ciudad. Una relación que no resulta seria.
Lo mismo le sucedía cuando tenía que expedir una factura. Que consignaba la dirección de su domicilio. Un tercer piso en un bloque de viviendas en un barrio popular. Una imagen de todo, menos profesional.
Los coworking dan soporte a los profesionales y emprendedores que se introducen en el mundo digital y remoto, proporcionándoles herramientas para poder competir con empresas mejor posicionadas, abriéndose paso en un panorama económico cada vez más competitivo.


